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‘Me metían en un cilindro y me aplicaban corrientes eléctricas’.

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Gabriel, 15 años preso, uno de los residentes en la casa de la hermana Merche.

En la casa refugio de la hermana Merche sobrevive una decena de reclusos salidos de prisión. “Si el Gobierno le paga la vuelta a los inmigrantes no sé por qué a nosotros no”

Salen animalizados, con marcas, en estado de desnutrición y, sobre todo, sin nada. O con una historia en la mochila que pesa como un muerto.

El cordobés Gabriel estuvo preso en Lurigancho, donde otros internos le introdujeron en un cilindro metálico con agua para aplicarle corrientes eléctricas.

Al esquizofrénico Juan -más esquizofrénico hoy que antes- los narcos le utilizaron para tratar de sacar 27 kilos de clorhidrato de cocaína. Si le preguntas por un recuerdo de dentro contesta sombrío con dos palabras: «Los abusos».

Lo único que el barcelonés Javier sacó en claro del Penal de Aucallama es esta tuberculosis feroz.

Y así hasta la sordidez más hiriente. Con algunas escenas que coinciden en todos los relatos y se nos agolpan como enjambre de locos: reclusas que usan «periódicos porque no tienen compresas». Internos españoles a los que se les concede el privilegio de «lamer los platos» de otros «a cambio de lavarlos». Cuchillos que son «curados» sumergidos entre heces y orines, para que sean un foco de infecciones en una pelea. Gente nuestra que se quema viva «en el hueco» (aislamiento) o amanece sin más en la celda «con el cuello roto».

Nos lo cuentan en los Barracones del Callao -uno de los barrios más peligrosos de América Latina-, dentro de la casa de la hermana Merche, donde ésta da cobijo a una decena de españoles ex reclusos en una suerte de bunker con rejas, donde todas las noches se oyen balaceras y donde pasan cosas que conviene digerir poco a poco. Por partes.

Un niño.

Junto a la casa.

Asesinado a plena luz del día.

De un disparo en cabeza.

En el día de Navidad.

-Fue aquí.

-¿Dónde?

-Aquí mismo -señala al suelo-. Tenía 12 años. Se lo cargó otro chico de 14. Esto son los Barracones del Callao.

En el barrio muere una persona cada dos días, no entra la Policía y no es raro que los españoles que salen de la cárcel y se refugian aquí sean despojados de sus posesiones cada vez que dejan la casa de la hermana y ponen un pie en la calle.

Aún no es de noche. Mercedes López -madrileña, 34 años en Lima- mira a un lado y otro de la puerta y nos dice que entremos. La vivienda fue cedida hace tiempo por el Obispado de la ciudad. En una pared interior se lee: «Concentra tu mente en el presente porque el mañana es una posibilidad».

En los Barracones del Callao, ciertamente, esa frase tiene varias lecturas.

La hermana Merche

«Comenzaron a venir de a poco. Por la crisis, por los hijos, por el paro, por el hermano enfermo… Les llaman narcoturistas. Cuando salen de la cárcel, no tienen dónde ir. Aquí queremos ayudarles a que construyan una segunda oportunidad. Porque son muchas las dificultades: hay gente que tiene que pagar reparaciones civiles de hasta 15.000 euros y otras multas por estar ilegales; dentro de prisión el consulado les da 60 euros al mes (antes eran 120), pero fuera de prisión se desentiende. Los chicos hasta tienen que pagarse un pasaporte nuevo. Entonces sobreviven como pueden. Si mueren y la familia se desentiende, lo que pasa muchas veces, acaban en fosas comunes».

De los 11 habitantes de esta vivienda que es puerto-refugio, nueve son españoles. Todos los días se cuentan sus historias dentro y todas las noches se oyen disparos fuera. Como un morse desquiciante que te recuerda algo demasiado triste: «Sí, estamos muy lejos de casa».

Presos con metralletas

Cuando Gabriel salió de prisión pesaba 52 kilos y hoy ronda los 85. Detrás de esta resurrección calórica hay un año de distancia y otro ingrediente: un pasado carcelario lindando con la muerte en el que «era más fácil conseguir droga que comida».

El cordobés estuvo seis de militar en España, se divorció, tuvo una depresión y probó a hacer de mula en la modalidad de momia (cocaína envuelta alrededor del cuerpo). Cuando pestañeó, ya llevaba 15 años cumpliendo condena. Su periplo penitenciario incluye un atraco a una clínica privada -digámoslo todo- y una cabeza llena de cicatrices.

«Estuve en Piedras Gordas y en Lurigancho, una de las peores prisiones del mundo [la prensa cuenta casos de internos que fueron troceados y acabaron en el desagüe]. Allí el funcionario lleva porra y los presos tienen metralletas y granadas. Me llegaron a meter en un cilindro metálico con agua para darme corrientes eléctricas… Mira, hay dos modos de que te respeten allí. Uno es si tienes mucho dinero. El otro es si te lías a hostias con todo el mundo desde el primer día [hace una pausa]. Yo mucho dinero no tenía».

Gabriel tiene la mirada doblada pero es un hombre de frente. La familia anda reuniendo dinero para pagarle la reparación civil y el billete de vuelta; logra algunos soles reparando móviles y esconde un cerdito de plástico -horrible el cerdito, azul, impropio de un tipo duro- en el que ahorra lo que no tiene.

«El Gobierno español ayuda a muchos inmigrantes a volver a su país. Y eso está bien. Lo que no entiendo es por qué no lo hace con nosotros».

El hombre del saco

La casa de la hermana Merche es un astillero dispar. A uno le falta el timón. Otro presenta vías de agua.

Juan -esquizofrénico que ha decidido no comer en domingo porque ese día no hay rancho- dice que «no piensa en el futuro» porque está «todo el rato» pensando en el presente.

Javier -que era albañil en la pujante Barcelona de las comisiones y el ladrillo- tiene que llevar una mascarilla para no contagiar de tuberculosis al resto.

Para un trabajo que le sale de lo suyo, el tipo que le contrató ha decidido no pagarle. Por español y por ilegal. Así va: de los 2.500 euros que necesita para retornar, sólo lleva ahorrados 50.

«Mis hijos están molestos conmigo. Pero tienen que saber que esto también lo hice por ellos».

Salimos. De camino a la barriada del Canadá (the wilde side de Lima), un hombre ataviado con un trapo hecho jirones arrastra un saco, recoge botellas de plástico del suelo y las mete dentro.

-Está drogado todo el día. Come de lo que tiran en los restaurantes.

-Ya.

-También es español.

El tapón

Un año después de que el Congreso de los Diputados aprobara la Proposición No de Ley del PP por la que se instaba al Gobierno a mejorar la asistencia a presos españoles en terceros países y agilizar su traslado a prisiones nacionales, lo cierto es que ha habido avances: el año pasado, 235 internos de todo el mundo fueron extraditados a España (cifra récord). Pero la situación de los reclusos que logran salir de prisión no ha cambiado. Al menos en Perú. Al menos en Lima. Al menos a la vista de lo que tenemos delante: un hombre mayor de Cáceres que se nos pone a llorar.

En el país andino (150 presos justo antes de la crisis y hoy 327), el ex presidiario se enfrenta a una yinkana de vallas que hacen inviable su salida y le condenan a la clandestinidad más oprobiosa.

Sin trabajo legal posible, sin cobertura sanitaria reconocida, sin futuro viable, con el agua al cuello, la vida consiste en no dejar de bracear. «Si lo dejas de hacer, te ahogas».

No sólo es pagar las reparaciones civiles. No sólo es abonar los días/multa por no tener papeles. Para la exoneración de la deuda, se necesitan tres firmas: la del presidente, la del ministro de Justicia y la del de Relaciones Exteriores. Sólo la burocracia (lograr el certificado de libertad o el informe socio-económico de la trabajadora social) puede tardar .

Habla Francisco, 40 meses en el Penal de Chorrillos y muchos más fuera: «Es una triple condena. La de la cárcel. La de las multas que no podemos pagar. La de los papeleos…».

Como Ho Van Thanh

Hablamos por teléfono con Ernesto -nombre falso, ex presidiario que se tiró cuatro años en Sarita Colonia y en Ancón II-, quien logró salir de Perú por la frontera con Ecuador hace 12 meses y que vive en paradero desconocido en España por un miedo irracional: el de que Lima se lo vuelva a tragar.

«Me la jugué. Estaba en libertad condicional pero no podía más, te lo juro que no podía. Para salir tendría que haber pagado unos 3.000 euros. Imposible. A la semana de dejar la prisión, me fui. Salí por Aguas Verdes. Sendero Luminoso acababa de hacer una masacre. Si me ven me habrían metido cuatro tiros… Al llegar me fui a la embajada, les conté, me hicieron un salvoconducto. El problema era que en el aeropuerto de Ecuador no tenían constancia de que hubiera entrado al país, claro. Me tiré 10 días allí. Pero al final, con el salvoconducto, salí. No es que esté paranoico, pero no quiero que se sepa dónde estoy ahora».

De la marca que deja la cárcel habla el estado de hiperalerta en el que vive Ernesto, que oficialmente sigue dentro de Perú pero va a ser que no.

Se oculta.

Está empadronado en un sitio pero vive en otro.

Desconfía.

Está un tanto desquiciado.

No somos quién para juzgar, no.

Al gallego le pasa con las cárceles de Lima lo que le ocurría con los norteamericanos a Ho Van Thanh, que se tiró 40 años escondido en la espesura de la jungla junto a su hijo. Pensando que el napalm seguía cayendo. Creyendo que la Guerra del Vietnam -al menos para él- no había terminado todavía.

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