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Atlético – Real Madrid (0-0): Oblak alarga el suspenso

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Continuará en el Bernabéu. Porque no podía ser fácil y porque nunca lo fue. Atlético y Real Madrid lo dieron y lo dejaron todo sobre el campo, menos goles. Decía el maestro Eduardo Galeano que el gol es el orgasmo del fútbol y que, como el orgasmo, cada vez es menos frecuente en la vida moderna. Los genios nunca mueren y los derbis, tampoco.

Cuántas historias caben un partido gigante. En los primeros 45 minutos el Madrid puso el juego y las ocasiones. El Atlético puso el portero. Oblak desbarató hasta cuatro oportunidades claras, la primera a los tres minutos, en un mano a mano con Bale. Tiempo más tarde, el galés vio cómo le volvía a neutralizar un zurdazo con miga y con bote. James también probó los reflejos del guardameta eslovaco. Comenzó con un sutil disparo con el exterior del pie y continuó con un chut cruzado, de los que hacen crujir los riñones de los porteros altos. Oblak respondió en cada caso con una pericia asombrosa y una tranquilidad sorprendente. A pesar del bombardeo no se le adivinaba ni una perla de sudor, ni un temblor, ni un resoplido. Si algo caracteriza a los buenos porteros es su elevado nivel de inconsciencia.

La presentación del derbi no fue la esperada. El Madrid movía el balón con comodidad y el Atlético cedía demasiados metros, tantos que Mandzukic, implicado en el trabajo defensivo, quedaba a 60 metros de la portería de Casillas. La distancia era todavía mayor si tenemos en cuenta la velocidad de Varane, rapidísimo toda la noche. En los anales del atletismo quedará una carrera del francés de área a área que hizo coincidir a los espectadores del mundo en un mismo un grito: “¡Corre, Forrest, corre!”.

El equipo de Simeone no conseguía enfriar el partido ni calentarlo a su gusto, a pesar de los esfuerzos del náufrago croata. El Calderón, no obstante, no desfallecía. Celebraba cada robo como si fuera un gol y cada córner como la liberación de París.

Alcanzada la media hora, la mejor noticia para el Atlético fue la supervivencia. O mejor, borren lo anterior. Conociendo al Cholo también es posible que el equipo hubiera cumplido la primera parte de su plan: sufrir, retorcerse, agonizar, pero sin bajas. Lo cierto es que, a partir de entonces, el equipo creció y subió la presión hasta la frontal del área madridista. Griezmann, en el minuto 37, fue el primero del Atlético que pateó entre palos, al aprovechar un error de SergioRamos. El Madrid comprendió con un susto que la confianza era un riesgo, que no hay paz en el Calderón.

En la segunda mitad, Oblak cedió el protagonismo a Mandzukic. El croata hurgó con el mismo ahínco en las orejas del árbitro serbio y en la paciencia de sus rivales. Chocó con Ramos, se abrió la cabeza y utilizó la sangre como pintura de guerra. Estuvo tan cerca de las tarjetas como de los penaltis, agarrado unas veces por Carvajal y otras por los centrales. Hay futbolistas que juegan mejor con la cabeza vendada, un brazo en cabestrillo y una daga en el bazo. El Atlético tiene varios de esos.

El choque entró en una dimensión diferente, más caótica y trabada. El Atleti nadó mejor en esa salsa espesa y picante. Arda provocó el pánico en una incursión que le paseó por el salón, el cuarto de estar y el dormitorio principal. Se volcaron los jugadores y el estadio. Mario y Marcelo vieron las tarjetas que los dejarán sin vuelta. Fernando Torres buscó el gol que le hubiera santificado y el estadio reclamó un penalti claro hasta la repetición. Arbeloarepelió con el bajo abdomen.

Después de luchar sin tregua, los enemigos aceptaron el empate sin goles como un acuerdo interesante. Su crueldad sólo es comparable a su egoísmo: les importa más la semifinal que nuestro sufrimiento sin límites. Otra semana más.

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